Home Semblanzas Juan Ramón Jiménez
E-mail Imprimir PDF

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ (1881-1958)


"Dios deseado y deseante"


Juan Ramón Jiménez, considerado por muchos el mayor poeta español del siglo XX, nació en Moguer (Huelva), y no perteneció propiamente a ninguna generación o escuela, aunque ciertos críticos afirman que se encuentra en la transición entre el Modernismo y la Generación del 27, en algunos de cuyos miembros ejerció un considerable magisterio.

Su trayectoria poética se inicia en el Simbolismo y el Modernismo, para ir acendrándose progresivamente y alcanzar su ideal de poesía desnuda, o pura.
Fue educado en un colegio de jesuitas, y posteriormente asistió a la Universidad de Sevilla. Publicó sus primeros poemas en revistas literarias de esta ciudad y Huelva, entre 1896-1898. Luego viajó a Madrid, invitado por los modernistas -especialmente por Rubén Darío-, quienes lo consideraban un "hermano". Habitó en la famosa Residencia de Estudiantes, donde conoció a Antonio Machado, poeta de similar categoría.
De naturaleza enfermiza y neurótica, junto con una exacerbada sensibilidad, dedicó toda su vida a la elaboración de su Obra, como él mismo la denominaba, haciendo de la poesía y de la belleza una verdadera religión. Recordamos títulos suyos principales en la lírica española, como Arias tristes, Diario de un poeta recién casado, Segunda antología poética, La estación total, con las canciones de la nueva luz, etc. En prosa escribió ensayos sobre poesía y estética, y un libro muy popular, adscrito al género del poema en prosa: Platero y yo.
La fecunda labor creativa de Juan Ramón Jiménez no hubiera sido posible sin la plena colaboración de una mujer excepcional: Zenobia Camprubí. Casada con él desde 1916, cuidará de su persona y su obra hasta la fecha de su muerte, en 1956, muy pocos días después de recibir Juan Ramón el Premio Nobel de Literatura. El poeta la sobrevivió únicamente año y medio. Ambos murieron en Puerto Rico, y están actualmente enterrados en Moguer, donde la casa de Juan Ramón Jiménez alberga un museo y una biblioteca.

LA OBRA

Dios deseado y deseante es la última obra de Juan Ramón Jiménez, que el poeta no llegó a dejar completamente terminada -si es que, debido a su insatisfacción e incesantes correcciones, llegó a concluir alguna. Recordemos que, en sus propias palabras, la Obra estaba siempre en marcha, y nunca colmaba del todo sus anhelos-.
No obstante, en su Tercera antología poética, publicada en 1957, se da un extracto de esta obra con treinta y seis poemas divididos en dos partes: I. Animal de fondo, que consta de veintinueve poemas; y II. Dios deseado y deseante, siete poemas que continúan en cierto sentido a la primera parte. Todos están escritos entre 1948 y 1949.
La importancia de este libro, aun inconcluso como está, es enorme, ya que, como el propio Juan Ramón afirmó, "contiene un ciclo completo de mi pensamiento". Además, según veremos, Dios deseado y deseante supone la culminación de la poesía entera del autor, en continua progresión, según hemos señalado al principio.
Hemos de reconocer, antes de nada, que nos hallamos ante un libro oscuro, uno de los libros más oscuros, seguramente, de la poesía española contemporánea. Pero también uno de los más intensos y lúcidos que persona alguna tenga la dicha de leer. En efecto, cuando se logra percibir su mensaje nos damos cuenta de que se trata de un libro de gran hondura lírica y, paradójicamente, aunque oscuro, de profunda transparencia. La experiencia inigualable que nos comunica es la salvación de la muerte a través de la estética, a través de la poesía, anhelo último del poeta. También el poeta inglés William Blake sostenía que el hombre había de redimirse no sólo por la ética, sino también por la inteligencia y la estética.
El año 1916, con el Diario de un poeta recién casado, constituye una fecha divisoria en su obra. A partir de ahí Juan Ramón Jiménez encuentra su madurez como persona y como artista, y su voz poética más plena y -cabe decir- auténtica. También podemos advertir desde este libro la recurrencia de un tema que viene a ser central, si bien presenta diversas modificaciones. Hay así una angustia determinada que asume las formas del temor a la muerte, el consuelo con la fama, el vacío, el deseo imperante de salvación...
Además de este tema, y a manera de compensación, se encuentran muchos poemas en los que el poeta nos habla de un vuelo, real o ficticio, símbolo explícito que indica el anhelo de trascendencia, de proyección espiritual. En estos poemas, muy frecuentemente, el alma llega a alcanzar un éxtasis en el cual se identifica con el objeto de su contemplación, y disfruta de un vislumbre de eternidad.
En los poemas que componen Dios deseado y deseante, tal sensación se hace más definida, más concreta, hasta el punto de dominar la escritura de esta obra. Puede decirse que el tema determinante del libro es el éxtasis como fin logrado, y su inefable goce. Así leemos, por ejemplo, en el segundo poema, "El nombre conseguido de los nombres":

Si yo, por ti, he creado un mundo para ti,
dios, tu tenías seguro que venir a él,
y tú has venido a él, a mi seguro,
porque mi mundo todo era mi esperanza.

Este éxtasis, esta revelación de eternidad, le sobrevino al poeta durante el viaje en barco que realizó de Buenos Aires a Nueva York, al final del verano de 1948. Verse envuelto por completo en el azul del mar y del cielo le hizo experimentar, con más plenitud que nunca, la Belleza absoluta, y suscitó en él un intenso sentimiento de asombro y gozo que intentó plasmar en su libro.
Podemos, pues, afirmar, que Dios deseado y deseante surge de un anhelo místico que se ve al fin colmado. Pero al hablar de poesía mística no lo hacemos desde un punto de vista convencional -si puede existir convencionalismo en torno a la mística-, sino como algo absolutamente propio y personal del poeta. Él mismo expresó en las notas a la primera edición de Animal de fondo.

"No es que yo haga poesía relijiosa usual; al revés, lo poético lo considero como profundamente relijioso, esa relijión inmanente sin credo absoluto que yo siempre he profesado.
Es decir, que la evolución, la sucesión, el devenir de lo poético mío ha sido y es una sucesión de encuentro con una idea de Dios."

El cariz de la experiencia que se vierte en esta obra es, más que místico, de índole panteísta: un sentirse identificado con el Todo, con lo Absoluto, y saber que la Belleza es Dios y que Dios es Belleza.
Existe, en efecto, una identificación del alma del poeta (lugar de residencia del dios deseado) con el entorno, el mundo exterior y su belleza -concretada en el cielo y en el mar, ambos espejo y reflejo de infinitud-, que es lo que denomina dios deseante, pues en realidad este mundo externo no le es ajeno, sino que forma parte de él. De esta manera se da una interacción poeta-mundo-poeta que es la raíz del sentir panteísta y que colma la vida y la obra en cuanto testimonio de esta experiencia única.
El poema nº 7, "Conciencia plena", lo sintetiza perfectamente:

Tú me llevas, conciencia plena, deseante Dios,
por todo el mundo.
En este mar tercero,
casi oigo tu voz; tu voz del viento
ocupante total del movimiento;
de los colores, de las luces
eternos y marinos.

Tu voz de fuego blanco
en la totalidad del agua, el barco, el cielo,
lineando las rutas con delicia,
grabándome con fúljido mi órbita segura
de cuerpo negro
con el diamante lúcido en su dentro.

Vemos aquí al alma (lo personal) y al mundo (lo universal) ambos deificados, unidos y confundidos en el éxtasis. Se trata de un poema pletórico, donde abundan las expresiones "definitivas": conciencia plena, por todo el mundo, ocupante total, fuego blanco, totalidad del agua, órbita segura, diamante lúcido.
El poeta quiere adecuar así su lenguaje a la sensación que experimenta para poder transmitirla con la mayor fidelidad posible. Mas hemos de recordar que el trance místico es, por definición, inefable, y la palabra no llega a aprehender su misterio ni puede comunicarlo por completo. El mismo Juan Ramón afirmaba que en poesía no se puede decir plenamente, sino todo lo más sugerir.
En consecuencia, debe conformarse con intentar reproducir en el poema -y en el alma de sus lectores- esa sensación vivida. Pero como tal experiencia es inevitablemente personal, al tratar de fijarla se perderá sin remedio algo precioso, que es la esencia misma. Y el poeta, en la impotencia de su verbo, sólo podrá acercarnos a ella mediante símbolos, alusiones más o menos herméticas, veladas en mayor o menor grado.
Esta es la razón por la cual Dios deseado y deseante nos parece un libro difícil, oscuro, mas al mismo tiempo, como ese "diamante lúcido en su dentro", una vez comprendido su mensaje nos llena de claridad: una claridad sostenida en la fe absoluta en la Belleza, y así mismo de esperanza -a nosotros, lectores- de alcanzar esa comunión con el "Alma del Mundo", como decían los románticos alemanes, por medio de la eterna e inasible poesía.

Remo Ruiz
Doctor en Filología Hispánica por la UCM

Juan Ramón Jiménez: Dios deseado y deseante.
Ed. de Antonio Sánchez Barbudo.
Aguilar, Madrid, 1964.

Última actualización el Domingo, 14 de Febrero de 2010 14:18