La
mirada expresionista de Gloria Solas
La
obra pictórica de Gloria Solas se basa en una profunda mirada
expresionista poética de la materia cromática, en el
sentido de desestructurar para conseguir una nueva configuración
más lírica, dentro de una visión intimista, pero
pasional y persistente. En consecuencia, se produce un diálogo
entre la propia dinámica de la esencia del color y la densidad
de la materia empleada, para hilvanar un discurso simbólico,
elaborado a base de iconismos, formado por la presencia de mensajes
implícitos en la propia configuración de la composición.
Expresa
la realidad subjetiva, la mirada que va más allá de
lo existente para adentrarse en los vericuetos del laberinto de especulaciones.
Se
plantea el hecho subjetivo, que es intangible en sí mismo,
porque la visión real es compleja y siempre va más allá
de la forma de mirar que uno puede tener de las cosas que le rodean,
de la dinámica de la vida y de su propia persona. De ahí
que su obra se interese por los instantes, que parecen ajenos a sí
mismos, que brotan de forma espontánea a partir de la magmacidad
de lo real, como si fueran cascada veloz, paréntesis de un
fluir constante, a modo de río de imágenes que se entrecruza
con las palabras que sortean obstáculos. Pero la dinamicidad
sigue, aunque existan zonas tranquilas, serenas, sin tapujos, pero
sin la fuerza de las olas.
Muestra
también otras composiciones que son puro fuego, que encierran
el grito que acompaña a la versatilidad de la existencia, que
se orientan empleando los vericuetos de las persistentes veredas que
jalonan los caminos, que serpentean por los abismos, que se hacen
uno con la propia necesidad de expresión plástica.
Lo
que está claro es que es consciente de que lo subjetivo es
una ilusión óptica, que se asienta en la nada, mientras
que la gran realidad, la que comprende todo, incluidos nosotros mismos,
es la que se impone. Y todo ello nos lo comunica tranquilamente, sin
prisas y sin pausas, conformando una visión global de la existencia,
hecha a base de instantes, de momentos, de preciados segundos que
se suceden unos a otros.
Poesía
del rasgo, de la materia, que a veces muestra herida; mientras que,
en otras, la descubre llena de sugerencias, de ruegos que configuran
una trayectoria compleja, diversa, que se aposenta con magnificencia,
que se engrandece a partir de constatar los hallazgos de la propia
batalla, de los rastros que han dejado quienes se han movido para
alcanzar las cotas preclaras de lo salvaje. Hay, en cierta forma una
mirada ingenua, llena de dolor y de amor, de suavidad interior y de
puro frenesí, que resbala por las vertientes haladas de los
deseos.
Deshace
el color, para mostrar con claridad los abanderados de la virtud de
la existencia combativa, fundados en los parámetros de la composición
basada en el laberinto. Pléyade, fugacidad, esplendor del color
escondido, para saltar cual grito en la silenciosa noche estrellada,
en el momento del canto del lobo.
Joan
Lluís Montané
De
la Asociación Internacional de Críticos de Arte