LAS
MÁSCARAS DEL ASOMBRO
Si
se pudiera sugerir una obra de arte a partir del primer golpe de luz,
que asoma a nuestros ojos, esta obra, sin lugar a dudas, sería
la de un sueño, de un tiempo inconcluso, de un lugar que nos
devuelve a las máscaras del asombro: todo un estado de ánimo
con voluntad de materializar el gesto y la expresión de una
determinada forma conceptual de visión del mundo.
Y
es aquí, en esta visión del mundo, donde GLORIA SOLAS
nos emplaza para cuestionar los presupuestos estáticos de lo
real., lo contradictorio y lo posible, como si pudiéramos ubicar
todos y cada uno de los espacios infinitos que, a través de
la luz representan (en su sentido más escénico) el diálogo
material del hombre con su mundo, tan adentro y tan tangible que acabamos
por asumirlo como nuestro.
No
es casualidad que al natural mimetismo (típicamente vanguardista)
se anteponga la capacidad de asombro y ensoñación. El
descubrimiento de elementos dispares, de nuevas formas que impliquen
maneras y modos de entender y de asumir nuestras presencias en la
ambigüedad más absoluta que nos contempla, cotidiana y
soñada, supone un saludable ejercicio por abrir los ojos y
sentir mesa fascinación por lo natural, lo efímero de
unos materiales que, a simple vista, se nos antojan como ajenos pero
que participan plenamente en el diálogo del hombre con su mundo,
es decir, un mundo donde la iconografía se resuelve en el simbolismo
de las formas.
Buena
parte de la concepción estética de GLORIA SOLAS gira
alrededor de esa fascinación que se reproduce en el universo
de las cosas simples, más cotidianas: es el encuentro con la
vida desde ángulos totalmente dispares y en constante confrontación,
tal y como se "construyen" en la realidad de cada uno de
nosotros; una realidad múltiple y cambiante. De ahí
que tanto las técnicas como los materiales a utilizar para
la representación estén condicionados por lo que Koesler
señaló en su día como "estética de
lo cotidiano".
Las
figuras, la profundidad de los tonos terrosos y metálicos,
el inacabado desenlace de las formas, los relieves que surgen de lo
matérico,
todo ello compone un singular ejercicio de alquimia donde la luz desplaza
la fuerza de unas líneas que -al modo constructivista pero
desde una óptica mucho más abierta al primitivismo-
transforma la necesidad de los espacios, como si la verticalidad alimentase
un claro deseo por situar al observador sobre los raíles de
la tierra para descender hacia la abstracción de lo secular,
con los materiales que le son dados, piedra, granito, hierro, volúmenes
portadores de un entorno global, totalizador, donde cada elemento,
a su vez, entra en juego con entidad propia, con vida propia, casi
gestual, como catalizador de los tonos y de las firmas que surgen
aleatoriamente.
Es
el juego constante entre lo profundo (la simbología) y lo efímero
(los materiales con los que "construye " su mundo) lo que
permite establecer equivalencias, contrastes, técnicas envolventes.
Nada queda fuera de su contemplación, y desde cada ángulo
se pueden ubicar las infinitas posibilidades que detecta el espectador,
como un elemento más del espacio donde se representa la obra,
más allá de una estética que nace de ese punto
imaginario y soñado que entre todos intentamos adivinar dibujando
en el aire las máscaras del asombro, para sentirnos una vez
más, eternos, creíbles y dichosos.
ANTONIO
MERINO
Poeta y escritor